EL LARGO Y TORTUOSO CAMINO AL ENTENDIMIENTO

La frustración que desencadena una derrota o un mal partido, es una de las sensaciones que genera todo un caos interno. Los cuestionamientos personales invaden fulminantemente la cabeza de cualquier jugador. Es en esos momentos donde no hay que olvidar la esencia del balonmano, y de la vida misma. Todo es mucho más simple de lo que parece, incluso, en los peores momentos 

Hace mucho tiempo ya, que no he escrito. Ha habido cambios en el formato de #Frevista, y esto nos ha dado un tiempo para reflexionar y trabajar de otra forma. Pero bueno, a lo que importa. El tema de ésta vez será el balonmano como herramienta de conocimiento del ser. Siguiendo el precepto que dice que, todos los caminos llevan a Roma, me gustaría llevarlos a entender la relación de esta alegoría con el balonmano.

 

En nuestra más tierna infancia, comenzamos a jugar por instinto. No nos importa cuánto tiempo jugamos, ni contra quienes competimos, ni dónde, ni nada. Estamos simplemente entregados a las sensaciones que experimentamos, donde la pelota es el centro de gravedad desde donde gira todo el embrollo de jugadores. Cada uno de ellos quiere poseer el balón, para no soltarlo más. Marcar un gol, satisface efímeramente esas ansías infantiles. Pero la sed de “pelota” es interminable, siempre queremos más.

 

Después de esta primera fase, viene una época de entendimiento de las leyes, de las reglas, de los movimientos. El juego pasa a tener tintes estratégicos, y sin poder lograr entenderlo completamente, empiezan nuestros primeros conflictos. Éstos son propiamente existenciales entre la esencia (nuestra parte natural) y la personalidad (nuestro ser creado). Este conflicto se refleja en nuestro rendimiento, porque más que nada, no nos “entendemos”, lo que nos pasa. 

 

Es como que, queremos seguir jugando como en nuestra primera etapa, pero el entorno entrega otro lenguaje, uno que choca constantemente en nuestras mentes, como un ruido incesante. Es así como nos introducimos en el deporte de alto rendimiento, que significa, intentar decodificar nuestro deseo interior, para transmutarlo día a día. Ya no somos unos niños, los conflictos ya están en el pasado.

 

En esta nueva etapa se espera de nosotros, que estemos resueltos. Se espera que sepamos interpretar el juego de manera correcta, y sobre todo, rápida. Las reglas y los roles están establecidos. El miedo y el coraje deben tener una relación armónica, o eso se espera. Expectativas versus realidad son constantes, e intrínsecas en los partidos. Las piezas del ajedrez se despliegan de forma magna delante de nosotros, y somos presos de nuestro personaje, y salir de él es digno de genios.  

 

Y por último, pienso, llega el nivel de la liberación. Porque primero, decodificamos el lenguaje, luego viene la fase del entendimiento, para finalmente estar presos de ese tablero durante muchos años. En ese tiempo, vivimos muchos fracasos, y algunas victorias. Pero luego de sentir que estamos en esa prisión durante toda la vida, logramos entender que esto (el balonmano) es el mismo juego de la infancia.

 

Esta liberación viene con la experiencia y la comprensión, de que esto es efímero, que es pasajero, que es precioso el momento que tenemos con el balón, que las filigranas son los tesoros que podemos dejar guardados en el tiempo. Esta libertad se disfruta como una tarde con sol de primavera, luego de haber pasado por el frio invierno. Nuestras mentes regresan a tener esa inocencia de antaño, y podemos decir que somos felices. Al final, todos los caminos llevan a Roma.

 

Como siempre los invito a reflexionar, y sobre todo los invito a la quintaesencia de la vida, que es forjar el acero que los mantendrá en pie, a pesar de todo lo que pase alrededor. 

 

 

 

FORJANDO ACERO   

Llámanos por Feuchtmann HC

T: +56 985018318

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